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Entré al Ojo, así se le decía en esos tiempos, el año 1986 a la Universidad ARCIS, era una casa pequeña en Avenida Pedro de Valdivia, en los "recreos" todos los estudiantes de las carreras, todos juntos, cabían en el patio que era también pequeño.
Habían hijos e hijas de la gente de izquierda más conocida, ya sea de los que habían vuelto del exilio o de aquellos que habían sido asesinados o hechos desaparecer, que en aquellos tiempos aún no era lo mismo. La divisé de lejos, no era bella, pero a mis 18 años, quizás por lo que evocaba su nombre y el de su padre para tantos, yo la encontré hermosa. No deseo ni puedo caer en infidencias, no la conocí realmente, ni siquiera hablé con ella. A lo más nos vimos un par de veces en esas fiestas un tanto dislocadas y oscuras que armábamos entre gallos y medianoche, entre alcohol y yerba, en esas fiestas que olían a depresión y desasosiego, en el Chile de la dictadura. Creíamos, porque no todo era heroísmo, que esa fiestas o nuestras ropas o nuestros movimientos desganados eran una forma más y cotidiana de sacarle la lengua a la tiranía. También habían amigos y amigas que a pesar de su juventud temprana ya tomaban decisiones y comenzaban por historia familiar especialmente, a formar parte de cuestiones más serias y riesgosas.
Ella, muchas veces caminaba sola. Eso me llamaba la atención, no era realmente una mujer de compañías, algo en ella no cuadraba con todos los que habitaban el Ojo. No sé, probablemente se sentía observada más allá de su propia vida. A veces se le criticaba o se decían cuestiones que no iban al caso, paternales, la cosa es que la observaban y de alguna u otra manera al cuidarla y sobre protegerla desde lejos, la juzgaban, demasiado creía yo.
Mi visión de Amanda era tangencial pero intuitiva, una vez caminé hacia ella para conversar y conocerla, y en realidad, ahí me di cuenta de lo que le pasaba. No me atreví a hablarle, yo sé que su compañeros y amigos sí lo hacían, pero para jóvenes como yo, que de alguna manera se sentían "de prestados" en ese mundo de una izquierda más protagonista y visiblemente víctima, era un paso más difícil. Y eso le pasaba, nunca era ella y cuando era, pertenecía a algo mayor que a sí misma, más que a su íntima biografía. Así lo sentí en ese tiempo y le pido disculpas hoy, si me entrometo más de la cuenta, o me sale un perfil psicológico que no deseo.
Ahora con 40 y tantos a cuestas los mismo de ella, siento que estos recuerdos son un poco absurdos y que acaso esconden solamente mi timidez y lo que de lejos sería, acaso un enamoramiento temprano de una compañera de escuela. Su nombre me alejó pero sobretodo mis juveniles temores.
Tiempo después, leí una entrevista a Amanda realizada por Margarita Serrano, donde ella contaba su historia, sus vivencias como hija de Víctor Jara y como simplemente "la Amanda".Y le decía "Yo siempre he sido la feita. Mi hermana era delgadita, delgadita... y yo siempre gordita, rechonchona, de patitas cortas... (Se ríe y se ridiculiza, semi en broma, semi en serio) Ése ha sido mi sufrimiento..."
Y termina en confidencia, casi en un susurro: "Sí, me arranqué. He podido encapsularme un poquito, hacer el jardín, pintar en el taller, comer lo que el Nego trae del mar, vender unas pinturas cuando tengo suerte... Pero no es una vida placentera, porque a uno se le arruga la cara y se forman callos en las manos. Tengo una huerta que después de años de esfuerzo ahora está produciendo... (Es que) en realidad, lo que yo quería era pintar".
Me gustó la entrevista, de alguna manera confirmaba mis intuiciones adolescentes y me alegré, me alegré mucho por Amanda ahora era verdaderamente ella y también sin saberlo en ese entonces, tomaba lo mejor de su padre, su sencillez creativa y su humilde origen, el de la tierra.
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